Al llegar, se quitaron las alpargatas, se dispersaron saltando, nadando, deslizándose por sus toboganes naturales; y buscando piedritas para lanzarlas al agua y luego sumergirse a pescarlas.
Esto último es lo que más le gustaba a Carmen. Ahora buscaba una piedra más grande, para lanzarla con los ojos cerrados y hacer su juego más interesante. Por fin la encontró y la lanzó. En ese instante, Melquíades saltaba de una roca a la otra sin darse cuenta de lo que hacía su hermana mayor. La piedra voló por el aire y tropezó con el brazo del niño. Carmen abrió los ojos cuando oyó el reclamo de su hermanito, y soltó una carcajada que hizo molestar a Melquíades.
Llegó la hora de regresar y Carmen arreó a sus hermanitos uno a uno. A mitad de camino, Melquíades se desvió con una sonrisa en los labios y se escondió en los matorrales. Cuando Carmen notó que el niño no estaba, se detuvo a buscarlo. Carmen se impacientaba, los minutos estaban pasando. De repente, salió Melquíades saltando y riendo. Ya Carmen iba llena de miedo. Había pasado mucho rato.
La madre los esperaba en casa llena de angustia e iracunda. Al pasar el umbral de la casa, sin decirle ni una palabra, la madre tomó a Carmen por el brazo, la arrastró hacia adentro como un tapete, y le dio una paliza con una rígida tira de palma. Carmen, estoica, sin soltar ni una lágrima, se juró a si misma que algún día se iría de su casa.
Esto último es lo que más le gustaba a Carmen. Ahora buscaba una piedra más grande, para lanzarla con los ojos cerrados y hacer su juego más interesante. Por fin la encontró y la lanzó. En ese instante, Melquíades saltaba de una roca a la otra sin darse cuenta de lo que hacía su hermana mayor. La piedra voló por el aire y tropezó con el brazo del niño. Carmen abrió los ojos cuando oyó el reclamo de su hermanito, y soltó una carcajada que hizo molestar a Melquíades.
Llegó la hora de regresar y Carmen arreó a sus hermanitos uno a uno. A mitad de camino, Melquíades se desvió con una sonrisa en los labios y se escondió en los matorrales. Cuando Carmen notó que el niño no estaba, se detuvo a buscarlo. Carmen se impacientaba, los minutos estaban pasando. De repente, salió Melquíades saltando y riendo. Ya Carmen iba llena de miedo. Había pasado mucho rato.
La madre los esperaba en casa llena de angustia e iracunda. Al pasar el umbral de la casa, sin decirle ni una palabra, la madre tomó a Carmen por el brazo, la arrastró hacia adentro como un tapete, y le dio una paliza con una rígida tira de palma. Carmen, estoica, sin soltar ni una lágrima, se juró a si misma que algún día se iría de su casa.
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