En verdad lo odio. Papá siempre está gritando con esa voz de trueno que tanto me asusta. Cuando él está en casa, no se puede hablar con mamá. Es como si le estorbáramos. Menos mal que no está mucho tiempo. Sale temprano en la mañana y regresa tarde. Siempre está de mal humor y todo le molesta. Y lo peor es cuando tengo que tomarme una medicina. Me obliga y me grita hasta que me la tomo nauseabundo.
Pero hoy no quiero que se vaya. Lo veo hacer su maleta entusiasmado y quisiera al menos meterme en ella e irme con él. Siento un susto muy grande en la barriga y muchas ganas de jugar con él. Siento que lo quiero y que no podría vivir si él no vuelve. ¿Por qué tiene que hacer ese viaje? Va y viene. Grita, como siempre, como un niño porque no encuentra esto o aquello. Y mi mamá sale corriendo a buscárselo. Mi mamá se ve cansada, yo creo que ella si quiere que se vaya.
“Son sólo unos cuantos días.”, me dice cuando se va a despedir y descubre que me escondo agazapado, observándolo en silencio, debajo de la mesa del comedor. No digo nada, pero mis lágrimas hablan en mis mejillas. Bajo la cara. Allí sigue él, no sabe qué hacer. Lo esperan afuera y debe irse. Sus ojos se llenan de agua y creo que va a decirme que se quedará, que cancelará el viaje y mañana iremos al parque juntos. Mi corazón salta de alegría. De repente, se pone de pié y se va. Allí quedo yo toda la noche, solitario, llorando, invisible, y con una herida más para mi colección.
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