Este es otro ejercicio de unas de mis clases. Había que cambiar el punto de vista del narrador - yo lo cambié a primera persona- dejando los elementos originales del relato. El relato original era un micro-cuento de Feng Meng Lu intitulado "El Dedo." Lo pueden ver aqui: http://adoptaextremadura.blogspot.com/2009/09/el-dedo-minicuento-feng-meng-lung.html
Nací en un pueblo al norte de la India. Cuando ya era un adulto me convertí en mercader de alfombras. Mi problema era que me gustaba mucho el juego, eso sí, el juego de calle, nunca entré en esos establecimientos oscuros y llenos de humo donde se jugaban asuntos mas sofisticados. Lo cierto es que por alguna razón desconocida, tenía mucha suerte, siempre ganaba, especialmente cuando jugaba “monedita.” Nunca llegué a perder, salvo algunas ocasiones en que lo hice a propósito por prudencia o por compasión: ya sea porque se tratara de un contrincante impaciente y violento, o de un rival con mucha hambre o sed y buscaba algo de dinero para satisfacer esas necesidades básicas.
Nací en un pueblo al norte de la India. Cuando ya era un adulto me convertí en mercader de alfombras. Mi problema era que me gustaba mucho el juego, eso sí, el juego de calle, nunca entré en esos establecimientos oscuros y llenos de humo donde se jugaban asuntos mas sofisticados. Lo cierto es que por alguna razón desconocida, tenía mucha suerte, siempre ganaba, especialmente cuando jugaba “monedita.” Nunca llegué a perder, salvo algunas ocasiones en que lo hice a propósito por prudencia o por compasión: ya sea porque se tratara de un contrincante impaciente y violento, o de un rival con mucha hambre o sed y buscaba algo de dinero para satisfacer esas necesidades básicas.
Debido a que siempre ganaba, se me hizo innecesario seguir trabajando, por lo cual me dediqué completamente al juego y pasaba los días en las calles, volviendo a casa con mi mujer sólo para comer y dormir. Desafortunadamente, una cosa llevó a la otra; pronto comencé a beber y mi sed por la bebida aumentaba cada día. Con frecuencia llegaba a casa a maltratar a mi mujer. Cuando me di cuenta, ésta me había expulsado del hogar, dormía en las calles, me vi envuelto en un incontable número de riñas callejeras, y comencé a vagar de ciudad en ciudad, donde siempre encontraba el juego en las calles. Era sacado a patadas de las puertas de los negocios, y el dinero que siempre ganaba en el juego me lo gastaba en bebida. Ya no me alcanzaba ni para comer. Me sentía perdido, pero no sabía cómo regresar a mi vida anterior.
Una mañana, todavía yaciendo en el suelo a las puertas de un depósito de saris en no sé qué ciudad, se acercó a mi el maestro Namasanda. Yo no lo conocía, ni había oído hablar de él, pero fue como un ángel que llegó justo a tiempo para sacarme del hoyo en el que estaba. Me habló de la meditación y la conexión divina y sus beneficios para el alma y para reencontrar el camino de mi vida. Me invitó a subir con él a la montaña. Accedí sin saber mucho en qué me estaba metiendo, pero algo dentro de mi me decía que lo hiciera. Estuve cinco años en la montaña con el maestro Namasanda y sus discípulos. Los ayunos no se me hicieron tan difíciles, puesto que ya había tenido que hacerlo involuntariamente durante mi experiencia con el alcohol y el juego. Con el tiempo fui capaz de independizarme en las montañas, y llevar mi propia vida basada en las enseñanzas del maestro.
Un día, tenía que bajar de la montaña a procurarme un poco de pan, pues llevaba varias semanas meditando en ayuno y comenzaba a sentirme débil. Esta vez tenía una corazonada de que algo desagradable ocurriría en la ciudad, ese lugar duro y frío como las piedras que la armaban, pero alegre y vivo a la vez, como sus hombres y mujeres.
Todos me conocían y sabían de mi suerte para el juego. Como sabían que no me interesaban las ganancias, querían que jugara para ellos y se las entregara. Pero ya les había dejado claro tantas veces mi hastío hacia sus frívolas ambiciones, que casi no me molestaban cuando bajaba. Se abstenían de acosarme, pero no de mirarme con codicia, y siempre había quienes me embadurnaban con indulgencias. No faltó quienes un par de veces me secuestraron para tratar de forzarme a jugar y concederles sus deseos banales, pero me dejaron ir apenas se dieron cuenta que sólo estaba dispuesto a utilizar mi suerte cuando se despertaba en mí la compasión; ese sentimiento tan humano, pero que tan fácil es de negar y apagar.
Encontré a la ciudad como siempre, con su música, sus mercados, sus aromas, sus sabores, sus callejuelas en laberinto, sus edificios subiendo y bajando en altura como las notas de un pentagrama, sus niños correteando, sus plazas como grandes oasis en el desierto y sus animales hambrientos.
Al pasar frente a una tienda de pan, observé sorprendido cómo expulsaban sujetado del cuello de su túnica a un hombre que parecía muy pobre. Parecía tener hambre y tal vez había entrado a pedir algo de comer. Cuando me acerqué, descubrí con sorpresa que su rostro me era conocido. Era Purim, un querido amigo de la infancia. Lo ayudé a incorporarse y su estado de desesperación era tal que no me reconoció. Tuve que refrescarle numerosos detalles y algunas historias traviesas que mucha satisfacción nos habían dado cuando éramos niños.
Purim se había convertido en un hombre alto, delgado, un tanto atlético, de facciones gruesas y vello facial abundante. Vestía una túnica marrón, sucia y rota de tanto arrastrarse por las calles de piedra y tierra. Estaba descalzo. Intercambiamos nuestras historias. Yo le conté de mi perdición con el juego y la bebida y de mi recuperación con el maestro Namasanda.
El me contó que después que yo me fui de nuestro pueblo natal con mis padres, se dedicó a aprender el arte de la alfarería en el negocio de su padre. Purim fue muy próspero, logrando amasar una pequeña fortuna que les daba para vivir con ciertos lujos a él y a toda su familia, y aparentar que eran más ricos de lo que en verdad eran. Tenía una prometida, Priyam, también de una familia acomodada, y sus planes eran casarse tan pronto como pudieran. Pero, para Purim, su pequeña fortuna no era suficiente, quería más, mucho más y decidió probar su suerte en el juego. Comenzó primero jugando monedita en las calles. Perdía más de lo que ganaba, pero no podía dejar de jugar.
Un día de suerte que había ganado una cantidad considerable gracias a los numerosos apostadores que se agolpaban alrededor de los jugadores los domingos, decidió utilizar ese dinero en una casa de juegos. Al principio tuvo suerte y su pequeña pila de monedas se convirtió en varias, pero no supo cuándo parar y lo perdió todo. Aun así, continuó volviendo y cuando no tenía dinero, pedía prestado a otros jugadores que había conocido en el lugar. Su sed de fortuna parecía ser ilimitada. La inexperiencia, codicia y ambición de Purim estaban desatadas en un ambiente idóneo para abusar de él. Además, poco a poco había ido gastando también los ahorros que había logrado amasar con su oficio de alfarero, hasta que lo gastó casi todo.
Una tarde, llegaron a la tienda unos hombres rudos y violentos, destruyeron todo a su paso y le dijeron que si no pagaba todas las deudas inmediatamente, acabarían con él y con toda su familia. Ni siquiera trabajando veinticuatro horas, sería Purim capaz de pagar las cantidades que reclamaban estos hombres de un día para otro.
Comenzó por venderlo todo y mudar a su familia a un lugar más modesto y pequeño. Pero lo que no se esperaba era que Priyam cancelara los planes de matrimonio y no quisiera saber más de él. Purim enloqueció. La amaba profundamente y se sumergió en un torbellino de desesperanza que lo lanzó como un vagabundo a las calles de la ciudad. Para ese momento, como yo, ya estaba entregado a la bebida. Llegaba ebrio todas las noches a su casa y a veces hasta despertaba en las calles. Cuando volvía a casa, se ponía violento con sus hermanos y sus padres y no paraba de lanzar improperios a todo pulmón. Su padre, quien ya estaba muy anciano y cansado, lo echó de casa. De allí comenzó a vagar de ciudad en ciudad pidiendo limosnas y hablando solo. Cuando lo descubrí tirado en el suelo, él no sabía ni dónde se encontraba ni cómo regresar, sólo podía pensar en sus problemas económicos, en la vergüenza de haber perdido el honor y la dignidad, en Priyam, y ahora, en el hambre que tenía.
Entré a una tienda y pedí pan y una alforja de vino para los dos. En esta ciudad todos me conocían y muchos estaban agradecidos por lo que habían recibido de mi parte cuando se me habían acercado buscando paz de espíritu, por lo cual me obsequiaban alimentos y bebidas cada vez que los visitaba. Me lo llevé a la plaza y traté de reparar su espíritu; de demostrarle que no todo estaba perdido, que todavía podía regresar y comenzar de nuevo. Pero nada de lo que le decía parecía ayudarlo.
Miré a mi alrededor y vi que había un grupo de hombres en torno a una mesa jugando monedita. Me debatí internamente si debía hacerlo. Fue entonces cuando, movido por la compasión, decidí jugar una partida por él.
“Toma Purim. Toma estas monedas. Regresa a nuestro pueblo y úsalas para reconstruir tu vida. Tendrás algo con que comenzar, y estoy seguro de que podrás volver a tener todo lo que tenías antes.”
Purim levantó el rostro impresionado. Sus ojos no podían creer lo que veían, ¡su amigo había ganado una cantidad considerable con una sola jugada!
“¿Como hiciste? —y ordenando nervioso—. ¡Tienes que jugar otra vez!”
Me lo llevé aparte y le hablé de mi suerte inexplicable para el juego y le recordé la historia de mi vida. Quería que el viera una ventana de esperanza que lo ayudara a salir del hoyo en el que estaba. Entonces Purim comenzó a llorar en mi hombro:
“Eres tan buen amigo... Pero eso no es suficiente. Apenas tendré para recuperar algunos bienes y pagar parte de las deudas.”
Conmovido una vez más, decidí volver a jugar. Al ver la facilidad con que ganaba, más y más apostadores comenzaron a llegar. Purim tenía los ojos desorbitados. Ahora su mirada había pasado de la sorpresa a mostrar unos filosos destellos de codicia.
“Ahora si Purim, ¿crees que con esto será suficiente?”
“No amigo.”
Un hilo helado me recorrió la espalda, los brazos y las piernas. ¿Qué más podría querer ahora? ¿Cuánto más dinero podría necesitar? ¿Es que no podía trabajar honestamente a partir de lo que le había dado sin ningún esfuerzo de su parte? Una vez más maldije mi suerte y con ella el haber caído en las redes de la compasión y los deseos banales de mis iguales.
“Quiero que vengas conmigo”, dijo Purim secamente. “Si de verdad eres mi amigo, ven conmigo a mi pueblo y juega por mi hasta recuperar mi fortuna y más. Así podré volver a tener mi lugar en la sociedad y a mi prometida, y nunca nos faltará nada.”
“Te equivocas Purim, eres tan ambicioso, egoísta y vacío de espíritu, que ni habiendo pasado por todas las miserias por las que has pasado; ni teniendo todo el oro del mundo serás feliz. Sólo me quieres a tu lado para usarme y tus metas son puramente materiales.”
Purim comenzó a enrojecer de furia, y esa furia dio pié en mí para tomar todas las monedas que había ganado y se las devolví a los apostadores y a un par de mendigos que pasaban por allí. Purim comenzó a gritar, al tiempo que se rasgaba las vestiduras y se tiraba de los cabellos. Permanecí allí callado observándolo hasta que, agotado, cayó al suelo llorando.
“Hay otra cosa que puedo hacer por ti. Te invito a pasar un tiempo conmigo en la montaña. Te enseñaré a meditar y te guiaré para que encuentres el camino a tu alma. Encontrándole otro sentido a tu vida saldrás de ese frustrante vacío que es pensar que sólo de dinero y lujos esta hecha la existencia.”
Purim se quedo inmóvil por un momento. Su rostro reflejaba niebla y confusión. De pronto, se levantó y sin mediar palabra se alejó en dirección al puente de la ciudad, trastabillando en zigzag. Desde entonces ni yo, ni el resto de los habitantes de esta ciudad lo hemos vuelto a ver. La gente dice que el río a veces trae un gemido grave y profundo.
N.
N.
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